Cuando la complejidad técnica desaparece, la intención se convierte en el verdadero valor.
Hubo un tiempo en el que aprender tecnología significaba dominarla.
Había que entender cómo funcionaba una cámara para grabar bien, cómo reaccionaba un vehículo para conducirlo con precisión o cómo respondería una máquina para obtener de ella el resultado deseado. El conocimiento técnico era el puente obligatorio entre la intención humana y el resultado final.
La habilidad consistía en controlar.
Pero algo silencioso está cambiando.
Cada vez más dispositivos ya no nos preguntan cómo queremos hacer algo. Nos preguntan simplemente qué queremos hacer. Y luego desaparecen.
No físicamente, claro. Siguen ahí. Pero dejan de exigir atención. Se vuelven invisibles.
Un ejemplo inesperado aparece en un objeto tan cotidiano como un dron de consumo actual. Hace no tanto, volarlo implicaba pilotar: corregir continuamente, estabilizar manualmente, anticipar movimientos. El usuario era técnico antes que creador.
Hoy ocurre lo contrario.
El dron reconoce aquello que queremos grabar, mantiene el encuadre por sí mismo, estabiliza el horizonte, suaviza movimientos y calcula trayectorias que antes requerían experiencia profesional. El usuario apenas dirige la trayectoria general. Señala una intención. La máquina construye el camino.
Y ese matiz cambia todo.
Porque cuando la ejecución deja de depender del esfuerzo humano, la atención se desplaza inevitablemente hacia otro lugar: el propósito. Ya no importa tanto dominar el mecanismo como decidir hacia dónde mirar.
La dificultad técnica se hunde bajo capas de asistencia cada vez más sofisticadas, permitiendo que emerja algo más básico y, paradójicamente, más humano.
La elección.
Durante siglos, el progreso tecnológico amplificó nuestras capacidades físicas. Hoy empieza a amplificar algo distinto: nuestra intención.
No pilotamos el dron. Elegimos qué historia contar con él.
Cuando los sistemas se encargan de la complejidad operativa, el valor deja de residir en la destreza técnica y empieza a concentrarse en la mirada, en el criterio, en la sensibilidad.
En otras palabras: en aquello que no puede automatizarse fácilmente.
Se convierten en suelo.
La capacidad de centrarnos en el porqué.
Cuando la tecnología madura, deja de exigir habilidad y empieza a amplificar significado.
Y empezamos simplemente a usarlas para ser más humanos.